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jueves, 26 de diciembre de 2019

¿Cuando nació Jesús?

¿En que fecha nació Jesús?


Desde el 221 AD los cristianos en algunas regiones celebraban la Navidad el 25 de diciembre.

Se ha dicho que la fecha del 25 de diciembre fue tomada de la fiesta pagana del sol. Según esta teoría, la Iglesia escogió ese día para suplantar la fiesta pagana en que se celebraba al sol, conocida como "dies natalis Solis invicti". Es cierto que, según el calendario juliano, utilizado en el imperio romano a partir del 45 AD, el 25 de diciembre marca el día del solsticio de invierno (cuando comienza a alargarse la luz del día y reducirse la oscuridad). Sin embargo en ese día no se celebraba ninguna fiesta pagana hasta el 274 AD con el emperador Aurelio, es decir, más de cincuenta años después de que los cristianos celebrasen en ese día la Navidad. El culto al sol tenía poca importancia en Roma antes del 274 AD y no se celebraba el 25 de diciembre sino en agosto hasta ese año. De manera que parece ser que fue el emperador pagano Aurelio, conocido por su hostilidad al cristianismo, el que quiso suplantar la fiesta cristiana trasladando a ese día la fiesta pagana del sol.

Es cierto que la celebración de la Navidad en la ciudad de Roma esta comprobada solo a partir del 336 AD. Pero aun en el caso en que la Iglesia hubiese querido remplazar la fiesta pagana, lo cierto es que la Navidad es una fiesta radicalmente distinta a las paganas y los cristianos no las confundían. El verdadero Sol que nace de lo alto no es el astro sino Jesucristo. El es "la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo".  San Cipriano decía: "Él es el verdadero Sol" y San Agustín: "Él es el nuevo Sol". 

Por que el 25 de Diciembre
Esta fecha no pretende ser exacta desde el punto de vista histórico. Hay varias teorías sobre como se escogió.  En un antiguo tratado anónimo sobre solsticios y equinoccios se afirma que nuestro Señor fue concebido el 8 de las kalendas (hoy 25 de marzo), pensando que fuera el mismo día de la pasión del Señor. Si fue concebido el 25 de marzo, la celebración de su nacimiento se fijaría nueve meses después, es decir, el 25 de diciembre. En la tradición oriental, apoyándose en otro calendario, la pasión y la encarnación del Señor se celebraban el 6 de abril, por lo que se fijó la celebración de la Navidad el 6 de enero.  


Como se calculó el año del nacimiento de Jesús
Cristo vino al mundo durante el Imperio romano. Los cristianos de los primeros siglos usaban los calendarios de su época que se referían a fechas de acontecimientos importantes para aquel mundo: fechas de emperadores, olimpiadas o el año de la fundación de Roma.


A comienzos del siglo VI AD el cristianismo se había propagado por todo el imperio. Uno de los hombres mas sabios de la época, el monje y astrónomo de Scythia (actual Suroeste de Rusia), Dionisio el Exiguo (el pequeño) recopiló una tabla de fechas para la Pascua utilizando el calendario del emperador Dioclesiano. Entonces, después de muchos estudios y cálculos, quiso reanudar el sistema de cuenta de los años tomando el nacimiento de Jesucristo, Señor y centro de la Historia, como punto de partida. Dionisio señaló el año 753 de la fundación de Roma como el año del nacimiento de Jesucristo. Tomó entonces este año como primero de la era cristiana. Paulatinamente este nuevo calendario fue tomando importancia primero entre los cristianos y después en el mundo secular. Es el calendario que hoy se reconoce universalmente, aunque en algunas regiones aun utilizan también otros calendarios. Es según este calendario que comenzamos el tercer milenio.

Aunque Dionisio hizo un buen trabajo, no pudo saber la fecha exacta del nacimiento de Cristo. Estudios posteriores indican que Cristo nació varios años antes de lo que calculó el monje Dionisio:

-Jesús nació durante el reinado de Herodes el Grande. Los Evangelios y el historiador Macrobio señalan que Herodes murió poco después de la masacre de los Santos Inocentes. También sabemos, según los datos del historiador Flavio Josefo, que Herodes el Grande murió en el año 750 de Roma. Por lo que se deduce que Jesús debe haber nacido antes de ese año.

-Según San Lucas, Jesús contaba con unos treinta años cuando fue bautizado. Ahora bien, como San Juan Bautista comenzó su ministerio el año 15 del reinado de Tiberio, tenemos un punto de referencia. El año 764 de Roma es la fecha más probable del principio del reinado de Tiberio. Si añadimos 15 años para llegar al ministerio de San Juan Bautista, estamos en el año 779 de la fundación de Roma. Si para entonces Jesús tenía 30 años, El nació el 749 de la fundación de Roma, es decir 4 años antes de lo calculado por Dionisio. La fecha del nacimientos de Jesús sería el año 4 AC.

La imprecisión de la fecha en ningún modo disminuye la importancia de celebrar el nacimiento de Jesús. No cambia la realidad histórica y trascendental de que el Verbo Eterno se hizo hombre y habitó entre nosotros para salvarnos. Lo importante no es la fecha del nacimiento sino el nacimiento en si mismo.

Pongamos un ejemplo. Los padres que adoptan a un bebe que fue abandonado no saben la fecha exacta de su nacimiento. ¿No sería lógico que, ante la carencia de datos, escogiesen una fecha aproximada para celebrar su cumpleaños?. ¿Qué tal si esos padres rehusaran celebrar apelando a que la fecha es incierta? ¿Acaso no sería un agravio contra ese hijo? Habría que preguntarles: ¿qué es lo mas importante, el día del calendario o la persona? Igualmente, lo importante no es la fecha exacta del nacimiento de Jesús sino el hecho de que el Verbo verdaderamente se hizo hombre y habitó entre nosotros, naciendo de María Santísima en el tiempo y en la historia.  Esa realidad es digna de la mayor de las celebraciones porque trae la salvación al mundo entero.  Para celebrar unidos, es razonable que, al no saber a ciencia cierta el día natalicio de Jesús, la Iglesia haya escogido una fecha con la mayor aproximación de que era capaz cuando se hizo el calendario.  
Entonces los Cristianos debemos celebrar la Navidad y celebrar el Gran jubileo de nuestra redención con todo el corazón porque celebramos a Jesucristo.
Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es Señor del cosmos y también Señor de la historia, de la que es « el Alfa y la Omega » (Ap 1, 8; 21, 6), « el Principio y el Fin » (Ap 21, 6). En El el Padre ha dicho la palabra definitiva sobre el hombre y sobre la historia. Esto es lo que expresa sintéticamente la Carta a los Hebreos: « Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas: en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo » (1, 1-2). Tertio Millennio Adveniente #5

Ver también:
-Llorca, G. Villoslada y Laboa, "Historia de la Iglesia Católica", BAC (Biblioteca de Autores Cristianos).



jueves, 7 de diciembre de 2017

ORACIÓN DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI A LA VIRGEN DE GUADALUPE


ORACIÓN DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LA VIRGEN DE GUADALUPE
VENERADA EN  LOS JARDINES VATICANOS
Miércoles 11 de mayo de 2005

Santa María, que bajo la advocación
de Nuestra Señora de Guadalupe
eres invocada como Madre
por los hombres y mujeres
del pueblo mexicano y de América Latina,
alentados por el amor que nos inspiras,
ponemos nuevamente
en tus manos maternales nuestras vidas.
Tú que estás presente
en estos jardines vaticanos,
 reina en el corazón
de todas la madres del mundo
y en nuestros corazones.
Con gran esperanza,
a ti acudimos y en ti confiamos.
Dios te Salve, María,
llena eres de gracia, el Señor está contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres
y bendito es el fruto
de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Nuestra Señora de Guadalupe
Ruega por nosotros
BENEDICTUS P.P. XVI

La Virgen de Guadalupe a lado de la Tumba de San Pedro en el Vaticano


La Capilla de Santa Maria de Guadalupe, es la unica advocacion Mariana, que esta justo a lado de la tumba de San Pedro en las Catacumbas Vaticanas, bajo la Basilica de San Pedro y junto a la sepultura del ultimo papa que haya fallecido. ¡Viva Cristo Rey, y Santa Maria de Guadalupe.!

PALABRAS DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
CON MOTIVO DE LA INAUGURACIÓN DE LA CAPILLA DE LA VIRGEN DE GUADALUPE
EN LAS GRUTAS VATICANAS


Martes 12 de mayo de 1992

Queridos hermanos en el Episcopado,
amados sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles:
Reunidos en torno al altar para celebrar el sacrificio eucarístico, queremos alabar también a la Bienaventurada Virgen María con motivo de la inauguración de esta hermosa capilla de Nuestra Señora de Guadalupe, junto a la tumba del apóstol san Pedro en la Basílica Vaticana.
En estos momentos mi pensamiento y mi recuerdo entrañable se dirigen al Tepeyac, donde el Señor me concedió la gracia de encontrarme en dos ocasiones con los amadísimos hijos de México, a quienes también invito hoy a unirse espiritualmente a esta celebración que se enmarca en los eventos conmemorativos del V Centenario de la llegada del Evangelio al Nuevo Mundo.
Con la inauguración de esta capilla, que es como una prolongación del Tepeyac en Roma, se hace más palpable la íntima comunión de Latinoamérica con la Iglesia universal. En efecto, este lugar de culto proclama y estrecha los lazos con un continente que, desde su nacimiento a la fe, ha visto en la Madre de Dios el camino hacia Cristo, luz del mundo. Desde su santuario de Guadalupe, María ha sido y es la Estrella de la Evangelización y, por consiguiente, el símbolo de unidad para todos los pueblos latinoamericanos, en cuya devoción están arraigados los profundos valores de su cultura cristiana. Y, con mayor razón, México, que tiene en aquel santuario el centro espiritual y el factor unificador de su pueblo y de su historia.
Con toda la profundidad de su simbolismo, aquel santuario mexicano peregrina hoy hasta Roma y planta sus raíces junto a la sede de Pedro, fundamento de unidad de la Iglesia universal. México, que se destaca por su fidelidad al Papa, ha querido testimoniar, con esta hermosa capilla de Nuestra Señora de Guadalupe en el centro de la cristiandad, no sólo su vocación mariana sino también sus raíces históricas y la fuerza unificadora de su cultura, que enriquece a toda la Iglesia.
Esta capilla guadalupana, junto con las otras advocaciones que rodean el sepulcro de san Pedro en el Vaticano, nos lleva en espíritu al cenáculo de Jerusalén donde, como hemos escuchado en la primera lectura, los apóstoles “se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, entre ellas María, la madre de Jesús” (Hch 1, 14). Estoy seguro de que los mexicanos, en sus peregrinaciones a Roma, no dejarán de visitar este pequeño cenáculo y, recogidos en oración, aprenderán a escuchar la palabra de Dios y a ponerla por obra tal como lo hizo la Virgen, según nos ha recordado el evangelio de san Lucas (cf. Lc 8, 21). En María encontraremos ciertamente la fuerza necesaria para emprender la nueva Evangelización, a la que todos estamos llamados.
Al enviar hoy, a través de la radio y la televisión, mi afectuoso saludo a todos los amadísimos hijos de la noble Nación mexicana, elevo mi plegaria al Señor para que os corrobore en los valores superiores que han configurado vuestra historia y cultura: que os infunda un renovado entusiasmo para construir una sociedad más justa, fraterna y acogedora, superando viejos enfrentamientos y fomentando una creciente solidaridad entre todos, que os impulse a un decidido compromiso por el bien común. Los problemas que hoy os aquejan han de ser afrontados con clarividencia, con espíritu solidario, con plena colaboración por parte de todos pero principalmente con la mirada puesta en el Señor y en su Santísima Madre, cuya ayuda no os ha de faltar. Así lo prometió Ella al indio Juan Diego, a quien tuve la dicha de beatificar en la Basílica de Guadalupe: “No se turbe tu corazón ni te inquiete cosa alguna. No estoy yo aquí que soy tu Madre? No estás bajo mi sombra? No estás, por ventura, en mi regazo?” (Nican Nipohua, 118-119).
Santísima Virgen de Guadalupe,
te encomiendo de modo especial
al querido pueblo mexicano
para que intercedas por él
y nunca se desvíe de la verdadera fe;
para que, con la fuerza del Señor Resucitado,
sepa hacer frente a las nuevas situaciones;
defienda siempre el don de la vida,
haga imperar la verdad y la justicia,
promueva la laboriosidad
y la comunicación cristiana de bienes
y pueda ser una gozosa realidad
la civilización del amor
en la gran familia de los hijos de Dios.
Amén.

ORACIÓN DE SAN JUAN PABLO II A LA VIRGEN DE GUADALUPE


ORACIÓN DE JUAN PABLO II
A LA VIRGEN DE GUADALUPE

¡Oh Virgen Inmaculada
Madre del verdadero Dios y Madre de la Iglesia!
Tú, que desde este lugar manifiestas
tu clemencia y tu compasión
a todos los que solicitan tu amparo;
escucha la oración que con filial confianza te dirigimos,
y preséntala ante tu Hijo Jesús, único Redentor nuestro.
Madre de misericordia, Maestra del sacrificio escondido y silencioso,
a Ti, que sales al encuentro de nosotros, los pecadores,
te consagramos en este día todo nuestro ser y todo nuestro amor.
Te consagramos también nuestra vida, nuestros trabajos,
nuestras alegrías, nuestras enfermedades y nuestros dolores.
Da la paz, la justicia y la prosperidad a nuestros pueblos;
ya que todo lo que tenemos y somos lo ponernos bajo tu cuidado,
Señora y Madre nuestra.
Queremos ser totalmente tuyos y recorrer contigo el camino
de una plena fidelidad a Jesucristo en su Iglesia:
no nos sueltes de tu mano amorosa.
Virgen de Guadalupe, Madre de las Américas,
te pedimos por todos los obispos, para que conduzcan a los fieles por senderos
de intensa vida cristiana, de amor y de humilde servicio a Dios y a las almas.
Contempla esta inmensa mies, e intercede para que el Señor infunda
hambre de santidad en todo el Pueblo de Dios, y otorgue abundantes
vocaciones de sacerdotes y religiosos, fuertes en la fe
y celosos dispensadores de los misterios de Dios.
Concede a nuestros hogares
la gracia de amar y de respetar la vida que comienza.
con el mismo amor con el que concebiste en tu seno
la vida del Hijo de Dios.
Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso, protege a nuestras familias,
para que estén siempre muy unidas, y bendice la educación de nuestros hijos.
Esperanza nuestra, míranos con compasión,
enséñanos a ir continuamente a Jesús y, si caemos, ayúdanos
a levantarnos, a volver a El, mediante la confesión de nuestras culpas
y pecados en el sacramento de la penitencia,
que trae sosiego al alma.
Te suplicamos que nos concedas un amor muy grande a todos los santos sacramentos
que son como las huellas que tu Hijo nos dejó en la tierra.
Así, Madre Santísima, con la paz de Dios en la conciencia,
con nuestros corazones libres de mal y de odios,
podremos llevar a todos la verdadera alegría y la verdadera paz,
que vienen de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
que con Dios Padre y con el Espíritu Santo,
vive v reina por los siglos de los siglos.
Amén.
México, enero de 1979.
IOANNES PAULUS PP.II

San Juan Diego Cuauhtlatoatzin


Juan Diego Cuauhtlatoatzin 
(1474-1548)

Dios nuestro, que manifestaste el amor de la santísima Virgen María hacia tu pueblo por medio de San Juan Diego, concédenos por su intercesión que, dóciles al mensaje de nuestra Madre de Guadalupe, nos esforcemos en cumplir siempre tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.

El Beato Juan Diego, que en 1990 Vuestra Santidad llamó «el confidente de la dulce Señora del Tepeyac» (L'Osservatore Romano, 7-8 maggio 1990, p. 5), según una tradición bien documentada nació en 1474 en Cuauhtitlán, entonces reino de Texcoco, perteneciente a la etnia de los chichimecas.Se llamaba Cuauhtlatoatzin, que en su lengua materna significaba «Águila que habla», o «El que habla con un águila».
Ya adulto y padre de familia, atraído por la doctrina de los PP. Franciscanos llegados a México en 1524, recibió el bautismo junto con su esposa María Lucía. Celebrado el matrimonio cristiano, vivió castamente hasta la muerte de su esposa, fallecida en 1529. Hombre de fe, fue coherente con sus obligaciones bautismales, nutriendo regularmente su unión con Dios mediante la eucaristía y el estudio del catecismo.
El 9 de diciembre de 1531, mientras se dirigía a pie a Tlatelolco, en un lugar denominado Tepeyac, tuvo una aparición de María Santísima, que se le presentó como «la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios». La Virgen le encargó que en su nombre pidiese al Obispo capitalino el franciscano Juan de Zumárraga, la construcción de una iglesia en el lugar de la aparición. Y como el Obispo no aceptase la idea, la Virgen le pidió que insistiese. Al día siguiente, domingo, Juan Diego volvió a encontrar al Prelado, quien lo examinó en la doctrina cristiana y le pidió pruebas objetivas en confirmación del prodigio.
El 12 de diciembre, martes, mientras el Beato se dirigía de nuevo a la Ciudad, la Virgen se le volvió a presentar y le consoló, invitándole a subir hasta la cima de la colina de Tepeyac para recoger flores y traérselas a ella. No obstante la fría estación invernal y la aridez del lugar, Juan Diego encontró unas flores muy hermosas. Una vez recogidas las colocó en su «tilma» y se las llevó a la Virgen, que le mandó presentarlas al Sr. Obispo como prueba de veracidad. Una vez ante el obispo el Beato abrió su «tilma» y dejó caer las flores, mientras en el tejido apareció, inexplicablemente impresa, la imagen de la Virgen de Guadalupe, que desde aquel momento se convirtió en el corazón espiritual de la Iglesia en México.
El Beato, movido por una tierna y profunda devoción a la Madre de Dios, dejó los suyos, la casa, los bienes y su tierra y, con el permiso del Obispo, pasó a vivir en una pobre casa junto al templo de la «Señora del Cielo». Su preocupación era la limpieza de la capilla y la acogida de los peregrinos que visitaban el pequeño oratorio, hoy transformado en este grandioso templo, símbolo elocuente de la devoción mariana de los mexicanos a la Virgen de Guadalupe.
En espíritu de pobreza y de vida humilde Juan Diego recorrió el camino de la santidad, dedicando mucho de su tiempo a la oración, a la contemplación y a la penitencia. Dócil a la autoridad eclesiástica, tres veces por semana recibía la Santísima Eucaristía.
En la homilía que Vuestra Santidad pronunció el 6 de mayo de 1990 en este Santuario, indicó cómo «las noticias que de él nos han llegado elogian sus virtudes cristianas: su fe simple [...], su confianza en Dios y en la Virgen; su caridad, su coherencia moral, su desprendimiento y su pobreza evangélica. Llevando una vida de eremita, aquí cerca de Tepeyac, fue ejemplo de humildad» (Ibídem).
Juan Diego, laico fiel a la gracia divina, gozó de tan alta estima entre sus contemporáneos que éstos acostumbraban decir a sus hijos: «Que Dios os haga como Juan Diego».
Circundado de una sólida fama de santidad, murió en 1548.
Su memoria, siempre unida al hecho de la aparición de la Virgen de Guadalupe, ha atravesado los siglos, alcanzando la entera América, Europa y Asia.
El 9 de abril de 1990, ante Vuestra Santidad fue promulgado en Roma el decreto «de vitae sanctitate et de cultu ab immemorabili tempore Servo Dei Ioanni Didaco praestito».
El 6 de mayo sucesivo, en esta Basílica, Vuestra Santidad presidió la solemne celebración en honor de Juan Diego, decorado con el título de Beato.
Precisamente en aquellos días, en esta misma arquidiócesis de Ciudad de México, tuvo lugar un milagro por intercesión de Juan Diego. Con él se abrió la puerta que ha conducido a la actual celebración, que el pueblo mexicano y toda la Iglesia viven en la alegría y la gratitud al Señor y a María por haber puesto en nuestro camino al Beato Juan Diego, que según las palabras de Vuestra Santidad, «representa todos los indígenas que reconocieron el evangelio de Jesús» (Ibídem).
Beatísimo Padre, la canonización de Juan Diego es un don extraordinario no sólo para la Iglesia en México, sino para todo el Pueblo de Dios.